TU AUSENCIA

 

Diecisiete años de despertares, de cumpleaños, de aniversarios, de tristezas, alegrías, deseos y apatías, de sueños, de construcciones, de miedos, de distanciamientos absurdos y reencuentros intensos.

 

Te encontré haciendo lo que mejor saber hacer, o casi, porque en todo, y digo bien, en todo, eres maravilloso.

 

Nunca creí merecer tanto, un compañero tan grande y tan humilde, tan tierno y tan fuerte, tan de todos y tan único. Quién te conoce sabe que no miento, mi corazón sabe que es cierto. Tan cierto como que no deseo a nadie más a mi lado para encontrar la vejez, para despedirnos juntos de la vida después de haberla bendecido de vivencias hermosas y hermosos logros.

 

Apenas hace unos días que te has ido y la casa me pesa, los días me aplastan y me cuesta sentir pasar los minutos de la vida sin que repiquen en tus oídos a la vez que en los míos.

 

Te quiero por tu sonrisa, por tu entrega, por tu grandeza, por tu humildad, por ser tan buen amigo, tan buen hijo, tan buen hermano, cuñado, yerno, tío...tan buen compañero para tus compañeros, tan buen baluarte para mis pesares.

 

Por ser todo y, sin embargo, dejarme libre para que ansíe volver a tu nido cada día.

 

Te espero, una vez más, cómo siempre desde que te convertiste en mi centro.

 

No vuelvas...no te has ido.

 

Simplemente piénsame para que tu luz traspase el océano y me llene de paz.

 

Amar es no tener que decir nunca lo siento, pero sentirlo en lo más hondo.

¿UN SUEÑO?

 

Anoche tuve un sueño.

 

Soñé que el tiempo no pasaba y que seguíamos jugando en el patio del barrio España fingiendo ser Drácula y sus aterrorizadas víctimas en la oscuridad del patio trasero que daba a la huerta, mientras los más grandes comían sentados en la penumbra de la acera un extraño bocadillo de huevos fritos con patatas calientes entre las paredes del delicioso pan castellano tibiamente humedecido.

 

Soñé que aquel terror se apoderaba de mí estremeciéndome y divirtiéndome por igual.

 

Que el aroma de las dalias y los gladiolos que papá plantaba en el pequeño jardín de la entrada me embriagaba como en las tardes más hermosas y benévolas del verano.

Soñé que Paloma, Mila, Geli y Rosa me mecían con sus sonrisas protegiéndome de la hirientes dagas verbales de los niños que siempre encontraban una palabra con la que hacerme sentir un gusano, y que esas risas formaban una cúpula dorada que me protegían del mal y me convertían en el niño más poderoso del planeta.

 

Las bicis que mi padre nos construía con pedazos de otras abandonadas por los más pudientes se convertían en rocines hermosos que nos transportaban a Carlos, a Gustavo y a mí por las empinadas calles del barrio que nos vio crecer hasta llevarnos a las  salvajes veredas del Pisuerga embravecido pintado de verde por la contaminación creciente del inconsciente ser humano.

 

Pegaso era una pequeña máquina de dos viejas ruedas y un manillar oxidado.

Yo volaba y veía bajo mis pies las miserias humanas, los patios de los vecinos con sus rebaños de niños mal creciendo donde y como podían, los padres mirando hacia el lado de la ignorancia desde su torpeza y su propia miseria.

 

Distinguía las pequeñas calles como capilares infartados del cuerpo que formaban las calles y los tejados de mi barrio, mi humilde, hermoso e inolvidable barrio, donde nací, crecí, reí, lloré, esperé y desesperé mientras me sentía el niño más amado y más abandonado del mundo al mismo tiempo.

 

La casa blanca, blanca leche, blanca paz, calma y sosiego de Basi, la madre de mis hermanas, mi refugio, mi pequeño inocente e insustituible harem de amor puro y verdadero  que olía a nata caliente y pimientos verdes fritos, a colacao llenando enormes boles de porcelana inundados de barcos de pan que explotaban en nuestras bocas convirtiéndolas en grutas exhaustas de placer con sabor a cacao recién traído del África tropical por cualquier "negrito que cosechando cantaba la canción del colacao".

 

Mis alas se hacían inmensas, como mi alegría, por ser el pájaro más hermoso que la imaginación humana pudiera crear.

 

Veía mi futuro y el de los míos, allá a lo lejos, sentados junto a enormes mesas donde la comida y las cartas reinaban a su antojo repartiendo aromas de miel y de felicidad en los rostros de mis amados y amadas.

Sus caras transformadas en las de felices adultos que perseguían sus sueños respetando el de estar juntos para ayudarse a caminar por este laberinto de sorpresas que es la vida, con sus cabellos blanquecinos por  las nevadas del tiempo y con nuevos acompañantes que desfilaban a nuestro alrededor con mayor o menor fortuna, pero siempre merecedores de la oportunidad de llenarnos un poco más de humanidad y amor.

 

Jugando y riendo con pequeños que no éramos nosotros, aunque sus caras podrían parecerse a nosotros mismos en otros tiempos, lejanos, remotos y sin embargo tan cercanos.

 

El viento silbaba en mi rostro sin tiempo y la sombra de mis alas, cual toldo mágico, protegía a mis amados y amadas de cualquier desgracia insalvable que pudiera amenazarnos.

 

Pero de pronto mi corazón de indómito caballo alado y blanco comenzó a trotar en mi pecho golpeando mi esternón con la fuerza de un mazo de hierro y mármol...no lograba ver a papá.

El hombre semilla de toda nuestra historia no estaba en las mesas, en los pasos, en los pastos, su voz de sirena mitológica y su presencia de rey inca bañado por el dios sol no aparecía en ningún lugar de nuestro paraíso, sólo en el pequeño espacio de nuestros corazones se atisbaba el eco de su adiós, de un adiós temprano y doloroso que desde mi cielo no podía entender.

 

Mis lágrimas de animal herido se desprendieron de mis inmensos e inexpresivos ojos y se derramaron sobre la fiesta de la vida de quienes estaban abajo celebrando estar vivos, estar juntos, haciendo que una copiosa lluvia los empapara hasta guarecerse bajo el tejado del enorme palacio que brotó del valle para la ocasión.

 

La tristeza me empujó hacia la tierra y las alas mi cuerpo contra las almenas, haciendo que el enorme estruendo me despertara con el cuerpo empapado en sudor y pena.

 

Porque papá, mi cuco del alma, tampoco estaba hoy, mientras su carne, su sangre y la vida de su vida seguían celebrando que él es el rey del castillo que habitamos para su honor y su orgullo.

Gracias Gustavo, querido hermano, por el regalo de este día tan hermoso...una vez más.

EL SABOR DE LAS MORAS

 

El sabor de las moras estalla en mis papilas hasta arrastrarme a los años más felices de mi infancia.

 

Ese dulzor amargo, ese amargor azucarado, afrutado, que aromatiza mis adultos sentidos y mancha mis yemas de morado resistente, de malva irresistible.

 

Infancia de camisetas rotas, gritos ensordecedores de alegrías y peleas, de ramas y troncos inmensos para cobijar nuestro inocente riesgo, nuestras aventuras, nuestra descontrolada y embustera felicidad.

 

El zumbido de las abejas junto a las malogradas moras podridas.los zancudos navegando sobre el espeso y ácido verdor del musgo de la piscina abandonada, ese profundo verde ácido y estancado.

 

Esas hojas cotizadas para alimentar gusanos de seda en carceleras cajas de zapatos convertidas en cunas de vida para decenas de etéreas mariposas, de capullos sedosos y perfectos, de magia vital ante mis infantes retinas, de cientos de negros huevecillos  anunciantes de que el ciclo no termina.

 

Esas moras verdes frotadas entre las manos para librarnos del morado traidor.

Esas caminatas de eterno regreso con su frescor en las bocas y su color en las lenguas.

Moras, moreras, mora, moral, cuánto tiempo sin saber de ti que rápido recordarte

INCESTO

MI DESEO PROHIBIDO

 

 

El calor que desprendían tus pechos era más ardiente que el sol del verano más tórrido.

 

Posar mi rostro sobre ese lecho de fuego, suave, mullido, aterciopelado y perderme en surco que separaba esas dos grandes y blancas lunas me aturdía de placer.

 

¡Qué asfixia tan delirante!

 

Ese olor a vida, a sal, a leche entibiándose en la cocina, entraba por mis vírgenes fosas y me embriagaba hasta emborracharme, y me convertía al mismo tiempo en una brisa poderosa que te envolvía y te poseía en mi cama o en la tuya cuando no estaba él.

 

Los besos de mi sonrojada boca te cubrían por completo y cuando me atrevía a viajar más allá me deslizaba hasta tu bajo vientre y posaba mi oído sobre tu pubis misterioso que se elevaba y descendía al ritmo del aire que te insuflaba de vida.

 

El olor a trabajo entre tus muslos era más ácido y penetrante que el del resto de tu esponjoso cuerpo, más incomprensible.

Pero desparramado sobre tu sexo y tus fuertes muslos sentía que volvía a casa, al lugar dónde me crearon y mi corazón latió por vez primera.

 

Quería atravesar tus labios secretos para volver a mi nido, regresar a mi antes, perderme en mi ayer, para, desde mi conciencia, experimentar de nuevo mis inicios mágicos y volver a ser tuyo, sólo tuyo. Y que tú fueras mía, sólo mía, mi Dios, mi universo, mi eterno hogar.

 

Ese era mi inconfesable deseo en cada siesta a tu lado, mamá.

 

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