MADRE

 

No recuerdo un sólo día sin sentirte cerca, mirando tu norte como el mío y tus ojos como si fueran mis faros.

Aquellos años en el barrio España, cuando la fortuna nos esquivaba y vivíamos rodeados de miseria, peligro, pero también de mucho amor y libertad.

Aquellas tardes en la huerta jugando a ser labrador, cavando zanjas en la tierra con una azada más grande que yo bajo la atenta mirada de padre.

Esas zanjas que eran las venas por las que el agua corría brindando vida a las lechugas, los pepinos y los girasoles.

 

Aquel lilo de flores blancas que cada primavera nos regalaba su aroma y cada verano su sombra y aquella majestuosa higuera que ofrecía sus enormes ramas cómo lugar de juegos y sueños a los pequeños Vázquez y a los pequeños Minguela.

Aquel pilón de agua helada dónde un invierno me caí infectándome la sangre para muchos años, mimado y cuidado con paciencia por tu amor incondicional.

 

Todo eso eres tú, mamá.

 

No fue fácil decirte adiós, aunque la vida nos empujó a separarnos.

Ha sido duro, madre, pero he demostrado que merecía la pena.

Mis sueños se han cumplido (al menos muchos de ellos) pero lo he intentado, no estoy obligado a más.

 

En el camino me he perdido muchas de tus canas y de tus arrugas, de tus mimos y tus gritos, sobre todo cuando la vida me regaló algunos de mis mejores tiempos en Argentina, mi segunda querida patria.

No vi nacer a algún sobrino, ni crecer a muchos de ellos.

No vi cómo papá se iba apagando.

 

Seguía mi sueño y la vida me guiaba a su antojo como siempre hace.

 

Pero siempre has estado ahí, y si he disfrutado de mis logros ha sido por que podía compartirlos contigo, y si he tenido fuerzas para seguir luchando ha sido porque quería darte más alegrías.

Ojalá hubieran sido más, mamá.

Pero sé que me quieres y que con el tiempo has podido comprenderme y has estado orgullosa de mí.

 

Vivo cada instante que te veo o te escucho como si fueran los últimos, porque son ya noventa y...y la vida es rápida cómo las alegrías y vertiginosa cómo las penas.

 

Por eso allí estoy, por eso aquí estoy, por eso soy tú...MADRE.

PREFIERO

 

Prefiero ser que intentarlo.

Prefiero mirar el horizonte que caminar cabizbajo, saludar a las estrellas, empaparme de sol y calentarme con la lluvia, equivocarme que no arriesgar, saludar que hacerme el loco, estar loco que morir de cordura.

 

Prefiero llorar que tener los ojos secos, sonreír, esperar, disfrutar, creer.

 

Prefiero unir que separar, juntar que romper, caminar que detenerme, hablar, que permitir que el silencio invada mi espacio y lo convierta en un abismo angustioso.

 

Prefiero podar que talar, sembrar que quemar, pelear que conformarme. Callar que criticar seguir siempre adelante aunque ya duelan los huesos.

 

Prefiero mirarme en un espejo que esquivar la mirada para no ver reflejadas mis arrugas y mis canas en esa superficie plana que te devuelve la realidad sin que tú se la demandes.

 

Prefiero escribir que dejar mis manos quietas, acariciar que golpear, reconocer mis errores que sentirme estúpidamente infalible.

 

Prefiero a la gente que dice "no importa" a la que dice "ya te lo dije".

 

Prefiero un trueno que un grito.

 

Te prefiero a ti cada día de mi vida desde que llegaste a ella.

Prefiero saber que no te merezco a creer que eres poca cosa.

Prefiero amarte que envidiarte, seguirte que quedarme lejos.

 

Te prefiero, sí, cómo te prefiero.

 

Prefiero vivir despacio que morir deprisa y dejar un cadáver ajado para los hambrientos gusanos que un cuerpo hermoso al que aún le quedaran gotas de vida para derramar.

 

Prefiero un poema que una flor, sobre todo si es tuyo, y una flor que una espina por muy frágil que ésta sea.

 

Prefiero... eso es ser hombre, eso es ser libre eso es ser.

 

HE VISTO LLORAR A LOS FUERTES

  

En estos últimos tiempos he visto llorar a los fuertes.

 

He visto cómo pedimos perdón por lo que hacemos para que nos quieran un poco más, aun sabiendo que irremediablemente volveremos a hacer lo mismo UNA Y OTRA VEZ.

 

He sentido cómo todos nos comparamos constantemente con los demás con la esperanza de salir ganando y terror de salir perdiendo en esa comparación.

 

He visto cómo casi siempre ocurre esto último, porque no nos valoramos lo suficiente y no nos atrevemos a pedir lo que necesitamos, aunque simplemente sea un abrazo.

 

He sido testigo de cómo quien quiere ser el mejor en todo se siente sólo en su cumbre ficticia, sin haber sido nunca rechazado ni marginado, porque el miedo le puede y le acompaña a cada paso.

 

He sido testigo de cuantos debemos nuestros fracasos en el miedo a no cumplir con las expectativas que los demás tienen de nosotros, sin saber que, a grandes expectativas, grandes fracasos.

 

Me he dado cuenta de que el fin no es el fin...si no el recorrido.

 

De que las exigencias que nos auto imponemos son nuestro peor enemigo...junto a nosotros mismos.

 

He reflexionado sobre cuántos dolores que llevamos años arrastrando hubieran dejado de ser una carga si nos hubiéramos permitido gritar alguna vez en el momento debido.

 

Y de cómo seguimos siendo durante toda la vida el niño que no sabe atarse los zapatos y necesita ayuda, pero no la pide y pienso, con la esperanza, de que no es necesario morir para nacer de nuevo.

 

Mientras, vivo y me despido cada día de esta vida que no deja de ser más que un largo adiós.

 

Versión para imprimir Versión para imprimir | Mapa del sitio
|TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS © 2020|